PLAZA DE SAN BOAL

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Escondida detrás de los edificios de la Calle de Zamora, la Plaza de San Boal es uno de los rincones menos conocidos del casco histórico de Salamanca. Este espacio tranquilo aún mantiene la esencia de otros tiempos y en ella se conservan la antigua parroquial de San Boal y el palacio de Arias Corvelle. La iglesia, que fue fundada en el siglo XII por los repobladores castellanos, fue completamente reconstruida en el siglo XVII por el Marqués de Almarza. De los palacios que la rodeaban, solo subsiste el de Arias Corvelle, también conocido como Palacio del Marqués de Almarza o de San Boal. Hoy es una plaza tranquila situada entre la Calle de Zamora y la Calle Toro, en pleno centro comercial y financiero de Salamanca. Hay varios locales nocturnos muy frecuentados por los salmantinos que en el verano instalan sus terrazas en la plaza.
La Plaza de San Boal toma su nombre del templo que la preside. El templo fue fundado en época medieval en el territorio de los repobladores castellanos. Fue totalmente renovado en el siglo XVIII, por lo que no conserva nada de sus orígenes medievales.

Una parte de la plaza aún conserva su aspecto antiguo, con la Iglesia de San Boal y el Palacio de Arias Corvelle. Este último, profundamente transformado a lo largo de los siglos, está actualmente dividido en dos espacios diferenciados: el Centro Cultural Hispano-Japonés (ubicado en el propio Palacio de Arias Corvelle) y la Escuela de Bellas Artes de San Eloy, sede actual de la Fundación Caja Duero. En la bibliografía, en numerosas ocasiones, se alude a ambos edificios como Palacio de San Boal. Por el resto de sus lados la plaza ha quedado encajonada entre los altos edificios que, a mediados del siglo XX, sustituyeron a los antiguos caserones y palacios que en el pasado la rodeaban.

El palacio y la iglesia han quedado unidos por la enigmática leyenda de la Marquesa de Almarza. Se cuenta que María Manuela de Moctezuma, noble ilustre, falleció repentinamente en el año 1768. Para evitar el tumulto que se agolpaba en la plaza, su cuerpo fue trasladado a la vecina Iglesia de San Boal a través de un pasadizo subterráneo que conectaba ambas construcciones.
Esa noche, el sacristán de la iglesia fue el encargado de velar el cadáver. Al observar un valioso anillo en la mano de la marquesa decidió apoderarse de él. Tras varios intentos fallidos por desprenderlo de su dedo, ocurrió lo inesperado: la marquesa abrió los ojos y se incorporó ante el atónito sacristán. Los gritos de terror del hombre despertaron a los vecinos, que acudieron alarmados. La marquesa, en realidad, no había muerto. Sufría de catalepsia. Irónicamente, fue la avaricia del sacristán la que le salvó la vida, evitando que fuera enterrada viva. En lugar de castigarlo, la marquesa le otorgó su perdón… y una pensión vitalicia.
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