PALACIO DE ORELLANA

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El Palacio de Orellana se encuentra en la calle de San Pablo, frente a la Plaza de Colón. A lo largo de los siglos ha sido conocido también como Palacio del Marqués de la Conquista o del Marqués de Albaida, nombres que reflejan los títulos nobiliarios de quienes lo habitaron. En la actualidad sigue siendo una propiedad privada, por lo que no está abierto a las visitas turísticas.

Desde el exterior, su arquitectura destaca por la sobriedad. Cuenta con una galería abierta en la parte superior y una torre que repite este mismo elemento, una solución que recuerda a la de otros palacios renacentistas como el Palacio de Monterrey. Sin embargo, a diferencia de este, el Palacio de Orellana prescinde de una decoración abundante.

De hecho, frente a la riqueza ornamental de otros edificios renacentistas de la ciudad, el Palacio de Orellana apuesta por un estilo más sobrio y equilibrado, con muy pocos elementos decorativos. Esta sencillez, propia de un clasicismo más austero, permite situar su construcción hacia finales del siglo XVI.

El Palacio de Orellana se encuentra en la Plaza de Colón, esquina con la Calle de Jesús. Hasta mediados del siglo XIX la plaza se denominaba Plaza de San Adrián, a la que daba nombre la parroquia medieval que allí existía. La torre-campanario de la iglesia de San Adrián estaba unida al Palacio de Orellana y bajo su arco discurría la Calle de San Pablo (entonces llamada Calle de Albarderos).

Alrededor de la iglesia de San Adrián se fue configurando una plaza de gran importancia en la vida de la ciudad. Su relevancia atrajo a numerosas familias nobles, que establecieron aquí sus residencias principales. Linajes como los Abrantes, los Anaya o los Sotomayor levantaron en este entorno sus palacios, contribuyendo a crear un espacio urbano de marcado carácter aristocrático.

A partir del siglo XVII a las altas torres de los palacios se unieron los campanarios de los conventos de los Clérigos Menores y de los Trinitarios descalzos. Sin embargo, la plaza quedó desierta cuando a mediados del siglo XIX se derribaron el Convento de San Carlos Borromeo y la Iglesia de San Adrián que se alzaban en ella.

En su entorno inmediato se concentran algunos de los edificios más destacados del patrimonio salmantino, como la Torre de los Anaya, el Palacio de la Salina, la Torre del Clavero y la Iglesia de San Pablo. Todo este conjunto convierte a la plaza en uno de los rincones con mayor valor histórico y artístico de la ciudad.

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