CAPILLA V.O.T. DE SAN FRANCISCO
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La Capilla de la Orden Tercera de San Francisco, conocida popularmente como la Iglesia de los Capuchinos, está situada en la calle Ramón y Cajal. Este templo barroco fue diseñado por Andrés García de Quiñones a mediados del siglo XVIII. Se levantó sobre el ábside septentrional de la iglesia del convento de San Francisco el Real, convento fundado en 1231 por discípulos de San Francisco de Asís, que aún conserva restos de la cabecera de la antigua iglesia conventual. Aunque el convento fue destruido en el siglo XIX, la capilla de los terciarios franciscanos logró sobrevivir a la Guerra de la Independencia y a la Desamortización. A finales del siglo XIX, fue cedida a la comunidad de los Capuchinos, quienes construyeron aquí su nuevo convento.
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En el Convento de los Capuchinos conviven vestigios de dos momentos importantes de su historia: por un lado, en el interior del edificio actual se encuentran los imponentes restos del antiguo convento de San Francisco el Real; por otro, se conserva la capilla barroca de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, hoy utilizada como iglesia del convento de los Capuchinos.
El Convento de San Francisco fue fundado en torno al año 1231 por discípulos de San Francisco de Asís, ocupando el lugar en el que se encontraba la ermita de San Hilario. Posteriormente, la fundación se amplió gracias al apoyo del infante don Fadrique, hijo de Fernando III el Santo, quien fue enterrado en la capilla mayor de la iglesia. A sus donaciones se sumaron las de la nobleza salmantina, muchos de cuyos miembros también eligieron este convento como lugar de enterramiento. Aún se conservan la capilla mayor y el ábside meridional de la iglesia, construidos en el siglo XIV. En ellos destacan sus ventanas ojivales, las cornisas exteriores decoradas con cabezas humanas y de animales y las bóvedas góticas. La capilla mayor conserva su grandioso retablo de piedra construido en el siglo XVIII. Su destrucción comenzó durante la Guerra de la Independencia y continuó con las desamortizaciones eclesiásticas del siglo XIX, que desmantelamiento sus ruinas. Los restos del claustro fueron trasladados al antiguo Hospital de la Santísima Trinidad, hoy convertido en el Colegio de las Siervas de San José.
La capilla de la Tercera Orden de San Francisco se construyó a mediados del siglo XVIII sobre el ábside norte del templo gótico de San Francisco, que albergaba la capilla de Santa Catalina. Las obras comenzaron en 1746 siguiendo el diseño del arquitecto Andrés García de Quiñones, aunque fue Simón Gavilán Tomé quien las concluyó, encargándose de finalizar tanto el presbiterio como el retablo mayor. La iglesia y los restos del solar del antiguo convento de San Francisco están hoy ocupados por los frailes capuchinos. Los Capuchinos llegaron a Salamanca en 1614 y aquí permanecieron hasta la exclaustración de 1835. El año 1898 la comunidad capuchina regresó a Salamanca estableciéndose en la iglesia propiedad de la Venerable Orden Tercera que se la cedió junto con la casa adjunta. En 1968 se construyó un edificio para residencia de los estudiantes universitarios y que pasó a ser colegio de filosofía y teología en 1974.
El Convento de San Francisco fue fundado en torno al año 1231 por discípulos de San Francisco de Asís, ocupando el lugar en el que se encontraba la ermita de San Hilario. Posteriormente, la fundación se amplió gracias al apoyo del infante don Fadrique, hijo de Fernando III el Santo, quien fue enterrado en la capilla mayor de la iglesia. A sus donaciones se sumaron las de la nobleza salmantina, muchos de cuyos miembros también eligieron este convento como lugar de enterramiento. Aún se conservan la capilla mayor y el ábside meridional de la iglesia, construidos en el siglo XIV. En ellos destacan sus ventanas ojivales, las cornisas exteriores decoradas con cabezas humanas y de animales y las bóvedas góticas. La capilla mayor conserva su grandioso retablo de piedra construido en el siglo XVIII. Su destrucción comenzó durante la Guerra de la Independencia y continuó con las desamortizaciones eclesiásticas del siglo XIX, que desmantelamiento sus ruinas. Los restos del claustro fueron trasladados al antiguo Hospital de la Santísima Trinidad, hoy convertido en el Colegio de las Siervas de San José.
La capilla de la Tercera Orden de San Francisco se construyó a mediados del siglo XVIII sobre el ábside norte del templo gótico de San Francisco, que albergaba la capilla de Santa Catalina. Las obras comenzaron en 1746 siguiendo el diseño del arquitecto Andrés García de Quiñones, aunque fue Simón Gavilán Tomé quien las concluyó, encargándose de finalizar tanto el presbiterio como el retablo mayor. La iglesia y los restos del solar del antiguo convento de San Francisco están hoy ocupados por los frailes capuchinos. Los Capuchinos llegaron a Salamanca en 1614 y aquí permanecieron hasta la exclaustración de 1835. El año 1898 la comunidad capuchina regresó a Salamanca estableciéndose en la iglesia propiedad de la Venerable Orden Tercera que se la cedió junto con la casa adjunta. En 1968 se construyó un edificio para residencia de los estudiantes universitarios y que pasó a ser colegio de filosofía y teología en 1974.
La capilla fue construida a mediados del siglo XVIII siguiendo los planos de Andrés García de Quiñones. Desde el punto de vista arquitectónico, su exterior destaca por su sobriedad, con una estética próxima al neoclasicismo. En medio de esta austeridad resalta la portada, situada a los pies del templo. La puerta adintelada, enmarcada por un amplio bocelón, está flanqueada por dos grandes columnas de orden compuesto. Sobre ella, un escudo coronado exhibe los símbolos franciscanos. Presidiendo el conjunto se abre una hornacina avenerada que alberga la imagen de Fernando III el Santo (para otros se trataría de San Luis de Francia), acompañada en los laterales por dos figuras femeninas situadas sobre volutas.
Desde el punto de vista arquitectónico, el espacio se caracteriza por su sobriedad. Sin embargo, al acceder al interior la impresión general es de gran barroquismo, debido a la profusión de retablos distribuidos a ambos de la nave. El interior del templo presenta una única nave cubierta por una bóveda de cañón con lunetos. Esta nave se encuentra compartimentada mediante pilastras que delimitan cuatro arcos de escasa profundidad que albergan altares de piedra.
La capilla mayor fue edificada por Simón Gavilán Tomé. Tanto el cascarón del ábside como el retablo y las puertas laterales, realizados en piedra de Villamayor, están ricamente ornamentados con follajes y rocallas. En el retablo destacan los relieves de la Estigmatización de San Francisco y la Santa Faz. Las hornacinas laterales albergan dos notables tallas de San Luis y de Santa Isabel. En el centro del retablo mayor se encuentra la imagen del Cristo de la Agonía, obra tallada en madera de nogal por el escultor Bernardo Pérez de Robles, conocido como “El Indiano” por su estancia en Perú. El autor regaló la talla en 1671 a la Orden Tercera bajo el compromiso de ser enterrado en la capilla y de que hicieran tañer la campana cada noche en recuerdo de la agonía de Cristo.
Los seis retablos que flanquean la nave también fueron labrados en piedra. Presentan una decoración exuberante de clara influencia churrigueresca. Los más próximos a la entrada contienen las esculturas de San Roque y Santa Margarita de Cortona; los centrales, las imágenes de San Antonio de Padua y San José, y los más cercanos al presbiterio, las de la Inmaculada y San Francisco de Asís.
En el muro occidental de la iglesia, justo sobre el coro, se extiende una imponente pintura mural del siglo XVIII, obra del artista Juan Simón Blasco Sando. La escena representa el ofrecimiento del templo del antiguo convento a San Francisco. En primer plano destaca la figura del rey Fernando III, quien sostiene el plano de la iglesia como símbolo de entrega. Detrás de él, San Francisco aparece en actitud suplicante, implorando la protección de la Virgen. Esta, a su vez, eleva la petición al Padre Eterno, representado en lo alto sentado en un trono de nubes.
Desde el punto de vista arquitectónico, el espacio se caracteriza por su sobriedad. Sin embargo, al acceder al interior la impresión general es de gran barroquismo, debido a la profusión de retablos distribuidos a ambos de la nave. El interior del templo presenta una única nave cubierta por una bóveda de cañón con lunetos. Esta nave se encuentra compartimentada mediante pilastras que delimitan cuatro arcos de escasa profundidad que albergan altares de piedra.
La capilla mayor fue edificada por Simón Gavilán Tomé. Tanto el cascarón del ábside como el retablo y las puertas laterales, realizados en piedra de Villamayor, están ricamente ornamentados con follajes y rocallas. En el retablo destacan los relieves de la Estigmatización de San Francisco y la Santa Faz. Las hornacinas laterales albergan dos notables tallas de San Luis y de Santa Isabel. En el centro del retablo mayor se encuentra la imagen del Cristo de la Agonía, obra tallada en madera de nogal por el escultor Bernardo Pérez de Robles, conocido como “El Indiano” por su estancia en Perú. El autor regaló la talla en 1671 a la Orden Tercera bajo el compromiso de ser enterrado en la capilla y de que hicieran tañer la campana cada noche en recuerdo de la agonía de Cristo.
Los seis retablos que flanquean la nave también fueron labrados en piedra. Presentan una decoración exuberante de clara influencia churrigueresca. Los más próximos a la entrada contienen las esculturas de San Roque y Santa Margarita de Cortona; los centrales, las imágenes de San Antonio de Padua y San José, y los más cercanos al presbiterio, las de la Inmaculada y San Francisco de Asís.
En el muro occidental de la iglesia, justo sobre el coro, se extiende una imponente pintura mural del siglo XVIII, obra del artista Juan Simón Blasco Sando. La escena representa el ofrecimiento del templo del antiguo convento a San Francisco. En primer plano destaca la figura del rey Fernando III, quien sostiene el plano de la iglesia como símbolo de entrega. Detrás de él, San Francisco aparece en actitud suplicante, implorando la protección de la Virgen. Esta, a su vez, eleva la petición al Padre Eterno, representado en lo alto sentado en un trono de nubes.