PALACIO DE LA SALINA
15 minutosDurante siglos, su origen estuvo envuelto en la leyenda según la cual el arzobispo Alonso de Fonseca lo mandó construir para su amante, después de que la nobleza salmantina se negara a acogerla. Incluso se decía que las figuras monstruosas del patio eran una burla hacia esos nobles. Sin embargo, las investigaciones modernas han demostrado que el palacio fue promovido por doña Mayor de Fonseca junto a su esposo Rodrigo de Messía, lo que explica la presencia de sus escudos en el edificio.
De la construcción original se conservan la fachada y el patio. El patio, de forma irregular y alejado de la simetría típica del Renacimiento, combina arcos de medio punto y mixtilíneos con una galería sostenida por llamativas ménsulas con figuras humanas y fantásticas. La fachada, de estilo plateresco, está ricamente decorada con medallones y relieves que representan personajes históricos y mitológicos.
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El edificio actual es el resultado de numerosas intervenciones a lo largo de los siglos. Parte de su superficie la ocuparon previamente las casas del catedrático comunero Alonso de Zúñiga, cedidas después de la Batalla de Villalar al matrimonio formado por doña Mayor de Fonseca y Rodrigo de Messía, pertenecientes al bando imperial. El palacio se construyó entre los años 1549 y 1556. En la construcción se documenta la intervención de Martín de Sarasola, arquitecto del círculo de Rodrigo Gil de Hontañón.
La casa permaneció en manos de los descendientes directos del matrimonio hasta finales del siglo XIX, aunque su función como residencia palaciega se había perdido mucho tiempo antes. A principios del siglo XVIII, albergó a los colegiales de la Orden Militar de Alcántara. Posteriormente, desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, la planta baja y los sótanos fueron utilizados como estanco o almacén público de sal. Desde aquí la sal se distribuía a mercados y tiendas. El abastecimiento de sal procedía de las salinas burgalesas de Poza de la Sal y de las de Imón y la Olmeda en Guadalajara. El palacio llegó a finales del siglo XIX convertido en casa de vecinos.
Para salvarlo de la inminente destrucción que lo amenazaba, fue adquirido por la Diputación provincial que acometió, entre los años 1881 a 1884, una profunda remodelación dirigida por el arquitecto José Secall. Hoy únicamente se conserva del antiguo palacio el patio, la fachada y alguno de los depósitos de sal. El resto del edifico ha sido reconstruido en varias ocasiones a lo largo de los siglos XIX y XX.
Del palacio original han llegado a nuestros días dos elementos esenciales: la fachada y su extraordinario patio, único entre los conservados en Salamanca.
El edificio se articula en torno a un patio alargado e irregular que rompe con la armonía y simetría propias del Renacimiento. Aquí, cada lado es distinto, lo que le confiere un carácter dinámico y sorprendente. En el lado sur se abre un elegante pórtico de siete arcos de medio punto que descansan sobre columnas con capiteles platerescos finamente labrados; aunque algunos son originales del siglo XVI, otros fueron reconstruidos en el siglo XIX por el arquitecto Secall. El lado oeste se cierra con una galería de arcos mixtilíneos que recuerdan a los de la Casa de las Conchas, mientras que en la galería superior pueden verse los escudos de doña Mayor de Fonseca y Rodrigo de Messía, verdaderos promotores del palacio.
El lado norte, sin embargo, es el más llamativo: destaca por sus dieciséis originales ménsulas decoradas con imponentes figuras que, a modo de atlantes y criaturas monstruosas, sostienen la galería de madera. La tradición dice que estas imágenes caricaturizan a los nobles salmantinos, ridiculizados por el arzobispo Fonseca. El lado oeste se cierra con una galería de arcos mixtilíneos que recuerdan a los de la Casa de las Conchas, mientras que en la galería superior pueden verse los escudos de doña Mayor de Fonseca y Rodrigo de Messía, verdaderos promotores del palacio.
La fachada, por su parte, ofrece una composición igualmente rica y equilibrada. Se organiza en tres cuerpos horizontales separados por impostas. En la planta baja, cuatro arcos de medio punto descansan sobre esbeltas columnas de granito, decoradas con medallones en las enjutas que representan personajes históricos y mitológicos, entre ellos Cleopatra. La planta noble presenta tres ventanas adinteladas enmarcadas por columnas y rodeadas de una delicada ornamentación plateresca, donde se combinan figuras humanas, animales y motivos decorativos. El conjunto se corona con una galería superior de ocho arcos que evoca la del Palacio de Monterrey.
Las transformaciones del siglo XIX añadieron elementos como las grandes rejas y la monumental escalera de acceso a la planta noble, además de salones decorados con artesonados fingidos, propios del gusto historicista de la época. Ya en el siglo XX, la restauración del patio sacó a la luz restos ocultos durante siglos, como una cripta abovedada y varios pozos excavados bajo el suelo, que hoy permanecen ocultos bajo el enlosado, añadiendo aún más misterio a este singular edificio.
En épocas señaladas del año, el palacio también acoge actividades ligadas a las tradiciones. Por ejemplo, en Navidad se instala un Belén en la galería porticada, que atrae a numerosos visitantes y se ha convertido en una cita habitual para salmantinos y turistas.
Además, como sede de la Diputación Provincial, el edificio es escenario de actos oficiales e institucionales, como recepciones, presentaciones o encuentros culturales, que conviven con su uso artístico.
En conjunto, el Palacio de la Salina combina su valor histórico con una intensa actividad cultural, manteniéndose como un espacio dinámico donde el pasado y el presente dialogan constantemente.