RETABLO BARROCO DE LA VERA CRUZ
30 minutosEn su interior destaca la intensa remodelación barroca realizada en el siglo XVIII por Joaquín de Churriguera, que dotó al templo de una exuberante decoración a base de motivos vegetales, querubines y símbolos marianos y de la Pasión, que recubren muros y estructuras.
El retablo mayor, atribuido a Churriguera y ejecutado entre 1713 y 1714, constituye el gran foco visual del templo. Su riqueza ornamental y la perfecta integración entre arquitectura y escultura lo convierten en un magnífico ejemplo del barroco salmantino.
El conjunto desarrolla un programa iconográfico centrado en la Pasión de Cristo y la devoción a la Inmaculada. La hornacina central alberga una destacada imagen de la Inmaculada, obra de Gregorio Fernández. En el ático se representa el Triunfo de la Santa Cruz, con ángeles portando los símbolos de la Pasión.
En la parte inferior destaca la puerta del sagrario, decorada con un marfil hispano-filipino que representa La Lanzada, mientras que en los laterales se sitúan las figuras de San Juan Bautista y el arcángel San Miguel.
En el siglo XVI se constituyó oficialmente en cofradía con el nombre de Cofradía de la Santa Cruz y, tras fusionarse en 1527 con la Cofradía de la Purísima Concepción, adquirió su doble titularidad. A fines del XVI construyó su propia iglesia, la Capilla de la Vera Cruz. En 1576, Felipe II le otorgó el privilegio exclusivo de organizar las procesiones de Semana Santa en Salamanca, función que mantuvo hasta principios del siglo XX.
En el siglo XVIII la iglesia fue ampliada y decorada por destacados artistas como Joaquín de Churriguera, quien también construyó un Humilladero próximo al templo. De esta época datan tanto la rica ornamentación interior del templo como el retablo mayor, atribuido a Joaquín de Churriguera. El retablo fue concertado en 1709 y realizado entre 1713 y 1714. Es probablemente el más recargado de los retablos barrocos conservados en Salamanca, junto con el realizado por su hermano Alberto para la Capilla del Cristo de las Batallas de la Catedral Nueva.
Al acceder al interior del templo, lo primero que cautiva la mirada es la suntuosa ornamentación de yeserías doradas que recubre gran parte de los muros, envolviendo el espacio en una atmósfera de esplendor barroco. Sobresale especialmente el retablo mayor, atribuido a Joaquín de Churriguera, cuya ejecución se concertó en 1709 y se llevó a cabo entre 1713 y 1714.
La estructura del retablo se adapta con precisión a la cabecera del templo. Está dividido en tres calles, destacando la central por su mayor anchura, mientras que las laterales quedan casi ocultas bajo la exuberante decoración. Dos columnas salomónicas flanquean el conjunto, y tanto ellas como las estípites de la calle central están tan profusamente ornamentadas que parecen desvanecerse bajo el exceso de detalles.
El ático se representa el Triunfo de la Santa Cruz, obra del escultor José de Larra. La gran cruz con sudario parece suspendida en el aire, sostenida por dos ángeles de vestiduras blancas, mientras otros seis portan los atributos y símbolos de la Pasión.
En el cuerpo inferior se encuentra un elaborado tabernáculo sostenido por columnas salomónicas, cuyo frontal está pintado con la imagen del Salvador. La puerta del sagrario alberga un magnífico marfil hispano-filipino que representa La Lanzada, el momento en que Longinos hiere con la lanza el costado de Cristo. En los intercolumnios laterales se disponen dos hornacinas que acogen las bellísimas imágenes de San Juan Bautista y el arcángel San Miguel. Sobre ellas, se repiten los motivos de la Pasión, sostenidos por parejas de ángeles que refuerzan el mensaje devocional.
En el cuerpo central se abre una gran hornacina a modo de capilla-camarín, que acoge la imagen de la Inmaculada, obra maestra realizada en 1620 por Gregorio Fernández. La figura, de tamaño natural, se presenta en actitud orante, con las manos juntas y ligeramente ladeadas en gesto de devoción. Su rostro adolescente transmite serenidad, con la mirada elevada hacia lo alto. La melena, larga y serpenteante, cae sobre el manto ricamente policromado. Una aureola ovalada de rayos metálicos enmarca la figura, subrayando su carácter celestial. El manto se abre por delante, dejando ver una túnica blanca y dorada, finamente decorada.