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Salamanca

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Salamanca, te sueño

 Textos: Paco Cañamero.

UNA CASA DE LA FELICIDAD

Hace varias semanas, el estadio Helmántico -otro monumento más de la ciudad, aunque no venga en las guías turísticas- cumplió su primer medio siglo. De entonces hasta hoy ha transcurrido mucha vida y ese recinto, que ha sido un orgullo de la ciudad, mantiene la coquetería y glamour, con la belleza de la madurez, que lo convirtieron en una cancha futbolística tan singular.
El Helmántico fue un símbolo del fútbol español en los tres últimos decenios del pasado siglo, especialmente durante los años que el Salamanca –la querida, entrañable y llorada UDS- se tuteó con los grandes en Primera División. Allí, sobre ese magnífico tapete, envidiado por todos los equipos que visitaban el Helmántico, admiramos a los grandes jugadores que coleccionábamos en los cromos de ‘Panini’ y eran los ídolos de la época. Primero los nuestros, con el fabuloso Alves, el genio portugués de los guantes negros; los argentinos D’Alessandro y Rezza; tiempos de Sánchez Barrios, en un altar tras el gol de leyenda al Betis que convirtió a Salamanca en una fiesta y nos llevó al Olimpo de los grandes, a la clase de Robi, a Lanchas, a Corominas, a Enrique, a Pepe, a Pedraza, a Martínez, a Juanjo, al magnífico Lobo Diarte, a Ángel, a Huerta, a Rial, a Ameijenda, a Carlitos Báez, a Bustillo, a Tomé, a Pita, a Ito, a Pérez… en aquella primera gloriosa. Después volvieron más tiempos felices con años gloriosos y otros jugadores que fueron llegando para contribuir a la grandeza del equipo y continuar escribiendo páginas históricas en el Helmántico.
Hoy miramos atrás con nostalgia, envueltos en los recuerdos la felicidad de haber crecido con equipo de tu tierra en la élite y un maravilloso campo que cada dos semanas se llenaba de aficionados, junto a otros muchos venidos de diferentes puntos del país y daban un toque tan colorista a la ciudad llenando hoteles y restaurantes. Porque el Hemántico es otro monumento más de la ciudad, aunque este no venga en las guías turísticas

 

GABRIEL Y GALÁN

A José María Gabriel y Galán, al más grande de nuestros poetas, se le disfruta y se le lee. Aquel maestro de primeras letras nacido en Frades de la Sierra que acabó en la cacereña localidad de Guijo de Granadilla, tras casarse con la rica del lugar, se le siente y se le vive gracias a su herencia, en el inmenso legado poético de una obra genial. Nadie como él ha sabido cantar los valores y tradiciones de la charrería, de las gentes y tradiciones del campo. Ese sentimiento salmantino, siempre afín a su querida tierra, acabó desembocando en esa vecina Extremadura que lo adoptó y ya desde siempre, ambas se disputaron a ese genio de las letras que encontró tan prematura muerte. Cuando le quedaban por delante tantos años para seguir enriqueciendo nuestra Lengua y consagrarse como un genio.

            Aquel Gabriel y Galán desde muy joven fue figura literaria tras alzarse triunfador en los Juegos Florales celebrados en Salamanca a principio del siglo XX con el poema ‘El Ama’ dedicado a su madre (Yo aprendí en el hogar en qué se funda/la dicha más perfecta,/ y para hacerla mía/ quise yo ser como mi padre era y busqué una mujer como mi madre/ entre las hijas de mi hidalga tierra). Desde allí ascendió al Olimpo de las letras avalado por don Miguel de Unamuno, presidente de aquel jurado que le otorgó la Flor Natural y nunca escatimaría elogios al joven vate que se consagraba para orgullo de su provincia natal, la misma que le dedicó con su nombre infinidad de calles en casi todos los pueblos. Y hasta los más pequeños aprendían a leer con sus poesías.

Hoy vuelvo a sentir a Gabriel y Galán al desempolvar su poemario para releer ‘Castellanas’ y después ‘Extremeñas’, las dos regiones que supo unir para crear un puente sentimental entre ambas con ese río Alagón que fue fuente de su inspiración y, al igual que él, marca los principales lugares de su vida, porque también nace en Frades de la Sierra y pasa por El Guijo de Granadilla, donde muy cerca está ese pantano que lleva su nombre.

Y lo vuelvo a sentir gracias a su herencia en el inmenso legado poético de una obra genial que en Salamanca está muy viva.

 

¡LA DESOLADORA FRANCESADA!

El sol caía a plomo sobre Salamanca. Era el inicio de verano y los cielos escupían fuego. Buscando el cobijo de las sombras, el inglés Peter Delon, profesor de Historia en un centro educativo situado en los suburbios de Londres, visitó los principales monumentos. Delon había estado en la ciudad hacía treinta años; entonces lo hizo influenciado por la lectura del ‘Estudiante de Salamanca’, el poemario de Espronceda y prometió volver para admirarla más despacio y disfrutarla sin prisas, como el beso de dos enamorados.
El regreso se veía cumplido para impregnarse de la historia y monumentalidad de una ciudad tallada en esas piedras de Villamayor que al caer la tarde la tiñen de oro. Parapetado de su cámara fotográfica aprovechó cada minuto que le regaló el día, hasta que el final, ya con la tarde caída y descender de las torres de La Clerecía, con el evidente cansancio, antes de marchar al hotel en busca de reconfortante ducha, Peter Delon mostraba la emoción y aseguraba que Salamanca era una de las ciudades más bellas del mundo. Un lugar donde siempre hay que sacar billete de vuelta.
-Señor Delon, sepa usted que ha admirado la tercera parte de la enorme monumentalidad que contó la ciudad. En la Guerra de la Independencia, que aquí también llamamos ‘la francesada’, se destruyó un importante legado de magníficos edificios que hoy serían una referencia artística, además de una parte de la muralla, junto al ingente expolio llevado a cabo por las tropas de Napoleón.
- ¡Resulta increíble! Más al verla ahora tan bien conservada –señaló Peter Delon-.
- Primero echaron abajo grandes edificios para crear sistemas defensivos con sus materiales; después, en 1812, llega lo más grave, con la explosión de un céntrico polvorín, perdiéndose la zona donde estaba ubicado el mejor barrio de la ciudad. Encima pudo ser aún peor, porque de explotar la ingente cantidad de pólvora almacenada en la iglesia de La Purísima hubiera acabado con este templo, además del vecino Palacio de Monterrey y de haber afectado a los vecinos lugares.
Reverberaba en su rostro los últimos soles del final de esa jornada y unos gotas de sudor perlaban su frente, cuando el inglés Peter Delon seguía maravillado de la magia que encerraba Salamanca.

EL CAÑO MAMARON

La fuente del Caño Mamarón continúa en su ubicación de siempre, viendo pasar el tiempo después de haber sido testigo de la enorme transformación sufrida por la ciudad. Viejo manantial de finas aguas, centro de reunión de criadas, lugar de paso y también de encuentro, allí se mantiene integrada en el paisaje capitalino del siglo XXI.
Superviviente de arreglos y nuevos planes urbanísticos que, en alguna ocasión, la condenaron al derribo, siendo salvada por sentido común, para acabar convertida en otro tesoro de la ciudad. Con mejor suerte que La Platina, enterrada en el hormigón del progreso, que regalaba el agua más pura que tuvo Salamanca. Aquella Platina que, a decir de las gentes de los barrios de los cercanos Pizarrales o San Bernardo, era la que mejor cocía los garbanzos y, desde hace unos años, su recuerdo únicamente forma parte de los libros de historia o las fotografías en blanco y negro de la nostalgia. Esta fuente, El Caño Mamaron, a nadie de la ciudad dejó indiferente, más aún en tiempos de carencias, mucho antes de que las redes de saneamiento llegasen a las casas, siendo acaparadora de miles de anécdotas.
De sus aguas llenaba su botijo torero el diestro salmantino Victoriano Posada antes de emprender los largos viajes camino de alguna plaza. Entonces, en el escenario de la pasada década de los 50, el entrañable torero capitalino gozaba de prestigio en los cosos franceses y en ellos se anunciaba con frecuencia, haciendo un alto en el camino –siempre que las prisas no le apremiasen- al llegar a Bayona para visitar a don Agustín, un médico exiliado que residía allí y era pariente suyo.
Un buen día, al despedirse y apremiar la sed al galeno, el torero cogió el botijo, que iba colocado en la baca del coche para ayudarle a saciar la necesidad, mientras le decía que era agua del Caño Mamarón. Al escuchar esas palabras, el médico exiliado bebió con emoción. Y ya desde entonces, cada vez que Posada iba a torear a Francia y se detenía saludarlo, siempre le pedía el botijo para beber agua del Caño Mamarón y, en ese momento, don Agustín, cerraba los ojos y sentía que estaba de nuevo en su querida Salamanca.

LA LUNA SE ASOMÓ A ANAYA

Aquella noche de verano, Isabel y Andresín se citaron debajo del reloj. Eran el día de San Cristóbal y el bochorno se había hecho protagonista en medio de unos días marcados por una intensa ola de calor sahariano que, incluso, impedía dormir en muchos hogares. En las heladerías de la Plaza, las colas se alargaban, como una serpiente de colorines, y apenas quedaban sillas libres en las terrazas donde no faltaba el bullicio festivo de dos tunas, que alegraban con sus tradicionales canciones a turistas y nativos.
Al no encontrar un sitio para sentarse a tomar algo decidieron abandonar el ágora. Lo hicieron sin un destino fijado y, dejándose llevar a través de la bulliciosa calle La Rúa, caminaron hasta la Plaza de Anaya. Lo hicieron con andares lentos y disfrutando de cada momento; al fondo, la torre de la Catedral Vieja les invitaba a acercarse a ella. Iluminada, bajo la noche clara del estío, a nadie dejaba indiferente su belleza, a la que llegaron en breves momentos y después de caminar alrededor de Anaya, en medio del espectáculo de la Catedrales, decidieron sentarse y reposar en las escaleras del Palacio de Anaya, delante de las cuatro columnas jónicas que sujetan el frontón triangular del histórico edificio
Aún caliente el granito después de un día de tanto calor disfrutaron del lugar dejándose llevar por la luna, que jugaba entre unas nubes, hasta que desapareció de sus ojos. Los dos eran felices ante aquel inesperado reencuentro en una ciudad que dejó grabada en sus vidas tantos recuerdos, muchos de ellos compartidos en una época feliz. Aquel rincón, rodeados de la paz que no habían encontrado en el centro sirvió para desenrollar la madeja de la vida.
Al rato, ya en pie y con sus manos entrelazadas, prestos para volver al centro se besaron con pasión; entonces hasta la luna volvió a aparecer entre las nubes para disfrutar de tan bello espectáculo.

SOÑANDO CON SEVILLA

Cuando llegaba el fin de semana, a Javier López, un muchacho sevillano que llegó a Salamanca para cursar los estudios de piloto de línea aérea en la escuela Adventia, le encantaba aprovechar las mañanas para caminar por los alrededores de la ciudad. A la par, poco a poco, fue conociendo los rincones de Salamanca, maravillándose de su monumentalidad y del ambiente nocturno, hasta que un buen día, acompañado de una nueva amiga llamada Isabel, decidió ir al Paseo Fluvial, porque le relajaba mucho la paz del río.
Era una soleada mañana de marzo, de esas que dejan atrás las cencelladas de la crudeza invernal y dan la bienvenida a la primavera, cuando al acceder desde la Avenida de la Paz al Paseo Fluvial, Javier López, detuvo la respiración y contempló en silencio el precioso puente, actitud que llamó la atención de su amiga Isabel, quien inquieta preguntó si ocurría algo.
- Es que en este lugar tengo la impresión de estar en la misma calle Betis de Sevilla. Este puente es gemelo al de Isabel II, de mi ciudad, al que llamamos ‘de Triana’. La de veces que he pasado por encima al ir o venir de Matacán y jamás reparé en ese detalle.
Isabel, estudiosa de la historia de Salamanca, le contó que era cierto y también había escuchado el parecido de ambas construcciones; levantándose el que salva las aguas del Tormes a principios del siglo XX ante la necesidad de abrir nuevas vías de comunicación y quedarse obsoleto el Puente Romano (al que las gentes conocían por el ‘viejo’ o ‘de piedra’). No exenta de polémica su construcción, le comentó, que lleva el nombre de Enrique Estevan (con V) en reconocimiento al concejal que lo promovió, quien años antes se había ganado el afecto de una parte de la población charra al salvar el Romano, al que querían ensanchar y sustituir los petriles por unas vallas metálicas. Entonces, al conocer el proyecto, el concejal Enrique Estevan, dio un puñetazo con la mesa y dijo:
- ¡Al puente Romano no lo toca nadie!
A Javier López, el futuro piloto, le encantaba escuchar esas historias de la ciudad, mientras volvía a perder su mirada entre la imponente estructura metálica del ‘Enrique Esteban’ y tener la sensación de estar en plena calle Betis de su Sevilla ante el colosal puente de Triana.

TUS VIEJAS PIEDRAS

Regreso al Barrio Antiguo y paseo por sus calles, envueltas en el inmenso legado de la historia que guarda entre sus viejas piedras. En ese histórico dédalo sientes la impresión de darte de bruces con don Miguel de Unamuno o con Fray Luis a la vuelta de cualquier esquina, antes de volver a detenerte ante el tesoro de la fachada plateresca de la Universidad y explicarle a algún despistado dónde está la rana. Y después adentrarse en el Patio de Escuelas con turistas que curiosean alrededor de la escultura de Fray Luis para descubrir las maravillas del entorno, deseosos de sentir una ciudad única, que ha escrito tantas páginas en el libro de la historia, bajo la grandeza de su monumentalidad.
Y del Patio de Escuelas continuar los pasos por Libreros al encuentro de las Catedrales y emocionarnos ante rincones que inspiraron a tantos genios de las letras, antes de acariciar simbólicamente la Torre de la Catedral Nueva, con envidia a Ángel El Mariquelo por acariciar esas piedras cuando asciende a lo más empingorotado y observar el Tormes a los pies, antes de llegar a la ciudad y en la despedida de esta, ya cercanos los encinares del Campo Charro. Y al fondo, los horizontes salpicados por esas sierras que esconden tantos tesoros e invitan a visitarlas. Porque ese escenario también se puede disfrutar desde la joya de Ieronimus y tener la sensación que Salamanca es una ciudad que acaricia el cielo de la belleza.
Te sueño y te siento, mi querida Salamanca, donde vuelvo a tu encuentro y lo hago con la misma emoción que el soldado que, triunfante, regresa del campo de batalla al encuentro de su amada; porque toda tú eres una postal para disfrutarla en un marco de cristal gracias al inmenso legado de la historia que guarda entre tus viejas piedras.

EL CONCIERTO DE LOS PÁJAROS NUEVOS

En el Parque de San Francisco, el paseante busca el frescor de las sombras para aliviarse de los primeros sofocos del estío. Sentado sobre un banco de piedra se inspira en la tranquilidad de ese rincón; el mismo que acogió una de las antiguas plazas de toros de la ciudad y piensa en oles dedicados a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita… cuando torearon ahí y eran los atractivos de la feria.
Al cabo de un rato sigue su camino y alza la mirada para observar, cerca de él, el lugar donde estaba la puerta de San Bernardo –en ella se despedían los duelos de la ciudad, al empezar ahí el camino del cementerio- y continúa por el dédalo de esas calles hasta acceder a la de García Tejado y alcanzar el antiguo Hospital Provincial. Allí, bajo la inmensa entrada, levantada en piedra de Villamayor y formada con cuatro columnas de dobles apoyos cilíndricos, rematados en la parte posterior con una especie de balconada, observa el busto dedicado al personaje que le da nombre a la calle, el eminente médico y político salmantino Andrés García Tejado, quien fuera impulsor de ese centro hospitalario en 1930. Se detiene a contemplarlo con la admiración que guarda a esas gentes luchadoras siempre por una Salamanca más digna hasta lograr la magnífica ciudad de hoy y a quienes tantas veces la erosión del tiempo borra del recuerdo.
Rodeado de paz y sin algarabía alrededor se recrea en ese rincón, tan cercano a la joya del colegio Arzobispo de Fonseca, a medio camino entre el Campo de San Francisco y el Cerro de San Vicente que vio nacer a esta Salamanca que regala su belleza en cada rincón. Después vuelve sobre sus pasos en medio de este caluroso día para regresar de nuevo hasta el Parque de San Francisco y sentarse en el mismo banco donde se refrescó un rato antes. Ensimismado y paz, con los silencios rotos por el concierto de los pájaros nuevos que acaban de echarse a volar, piensa en los olés dedicados en aquel lugar a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita…

EL CREPÚSCULO TIÑE DE ORO LAS VIEJAS PIEDRAS

Se despidió de su pareja en la estación de tren, él no volvería hasta la noche del día siguiente. Cuando el tren partió, Isabel decidió robarle todo el tiempo a la sensación de libertad sin las obligaciones cotidianas que tan pocas veces se daba. Una agradable temperatura envolvía Salamanca y comenzó un paseo sin rumbo, dejándose llevar por las emociones. El bullicio de la gente acompañaba su recorrido hasta que el tañer de campanas de San Juan de Sahagún se alzó poderoso sobre todas las cosas.
Terminó su paseo en una terraza de la Plaza Mayor. ¡Siempre se ha sentido hechizada por ella, no puede remediarlo!
Hay un eslabón invisible que conecta a los salmantinos con su Plaza y esta, a su vez, con todas sus vidas. Es inevitable que le asalte el recuerdo de haberla paseado con algún ser querido que ya no está, aquella cita adolescente bajo el reloj, los conciertos en noches de feria, el frío del invierno cuando la atravesaba para ir a clase... A veces son los lugares los que guardan nuestros recuerdos para devolvérnoslos al regresar a ellos.
Cae la tarde, impaciente mira el reloj e intenta adivinar cuanto falta para asistir a ese espectáculo mágico en el que la luces devuelven a sus piedras el oro que en su incipiente viaje hacia Lusitania el sol le va robando.
Una vez iluminada revela secretos que durante el día esconde, una cúpula de estrellas la cubre, la tarde ha quedado atrás cuando Isabel emprende el camino a su casa, el alba aún está lejano, pero durante la noche no la envolverá el silencio, seguirá siendo transitada por todos los que disfrutan del ocio nocturno, de quienes aunque vayan de paso, envueltos en conversaciones o paseando en solitario, no dejarán de alzar sus miradas para, insaciables, impregnarse de la belleza que atrapó a todos los que alguna vez la visitaron.

Y FARINA CANTABA ‘MI SALAMANCA’…

El abuelo Juan cerraba su casa del pueblo por vísperas de La Inmaculada, hacía la maleta y marchaba para Salamanca a pasar los días más crudos del invierno con su hija Carmen. Allí permanecía hasta Carnaval, cuando los días se estiraban barruntando la primavera. Durante esa época aprovechaba para dar largos paseos hasta la Plaza Mayor al encuentro de otros paisanos para tomar un vinito. Emigrante durante más de veinte años en Hamburgo (Alemania), al abuelo Juan le gusta recordar aquella época, más aún si encuentra algún alemán en las sendas de su vida y aprovechaba para chapurrear la lengua teutona.
En ocasiones también camina por La Vaguada de la Palma para detenerse en la escultura que honra a Rafael Farina, a quien contempla con admiración y recuerda una lejana noche de hace más de medio siglo cuando fue a verlo actuar a una sala de Hamburgo, en un concierto promovido para emigrantes. Entonces, con la ilusión de ver a su ídolo y paisano, mientras jaleaba sus canciones, no pudo evitar la emoción al escuchar ‘Mi Salamanca’ y sentir en los latidos de su corazón a su querida tierra.
Admiraba a aquel Rafael Salazar Motos e incluso en tiempos jóvenes, antes de emigrar, si estaba de fiesta trataba de imitarlo con sus temas más celebrados, de ahí que incluso lo llamasen Juanito ‘Farina’. Porque tenía idealizado al genial cantaor, hijo de la pobreza y hambruna que trajo la postguerra en los día que ese gitanillo, desharrapado y con los mocos colgando, cantaba a los señoritos pudientes en las noches de parranda para comenzar el runrún de la genialidad que atesoraba para el cante. Aquel niño, nacido para el arte con el nombre de Rafael Farina, siempre tuvo un botón charro prendido en su corazón para emocionar a sus paisanos con los sones de ‘Mi Salamanca’.
Antes de continuar a su habitual encuentro de la Plaza Mayor, el abuelo Juan acaricia el bronce que representa al artista y vuelve a mirar en su cara el característico gesto con el que acaparó tantos aplausos. Entonces cierra los ojos y siente que es aquel joven que llamaban Juanito ‘Farina’ y una noche en Hamburgo se emocionó bajo los sones de ‘Mi Salamanca’.

EL REGRESO DE WENCES MORENO

 Cuando Wences Moreno envuelto en los honores de ser el mejor ventrílocuo del mundo regresaba a su Salamanca después de triunfar en los mejores escenarios del mundo aparcaba su imponente Cadillac americano delante del Gran Hotel –donde tenía habitación reservada todo el año- y la gente se arremolinaba alrededor del vehículo para jalear a aquel charro universal. Entonces no faltaba algún despistado que preguntaba el motivo de acaparar tanta expectación.
-¿A qué se debe la fama de este señor?
-¡Habla con la barriga! 
-¡Pobre hombre! Tan apuesto y hablar con la barriga. ¡Qué pena!
-Ni pobre, ni pena. Eso es un decir. De los genios de la imitación se dice así. Y él hace hablar a unos muñecos.
Hoy, esta querida ciudad, a la que nunca faltó por Navidad y tampoco al final del verano con la llegada de las ferias de septiembre, rinde perpetuo tributo a quien fue un charro universal dedicándole una conocida calle comercial que llega a la castiza plazuela del Oeste. Una calle donde las nuevas generaciones, en su mayoría, ignoran la grandeza de un personaje que acaparó popularidad por todo el mundo, siempre con el billete de vuelta dispuesto para volver a su amada Salamanca y al que Estados Unidos recuerda con reverencia. Con la categoría de un artista único al que nadie fuera capaz de robar aplauso alguno.
El legado del Wences Moreno es objeto de estudios para conocer un poco más la grandeza de esta estrella fallecida al pie del cañón y, como los más valientes soldados, con las botas puestas después de rebasar el siglo de existencia. Y de ello Salamanca venera la historia de quien siempre sintió tanto orgullo por su patria chica, aunque algún despistado sienta pena al pensar que su fama se debía a que hablaba con la barriga. 
 

EL SUEÑO DEL EXILIADO

Aquel verano de 2018 fue especial para Patricia Jones. Por primera vez dejaba atrás su casa en Little Rock, estado de Arkansas –USA- para atravesar el Atlántico y viajar a Salamanca como alumna de los Cursos Internacionales de Verano. Lo hacía emocionada al encuentro de la raíz de su bisabuelo, don Matías Santos, profesor de Latín que debió exiliarse en agosto de 1936, antes de cumplir los treinta años, al ser sentenciado a muerte por quienes se alzaron al poder por la fuerza de las armas.
Bajo el infierno del día de San Fermín, con los cielos escupiendo fuego, pisó por primera vez esta ciudad de la que tanto había escuchado hablar. Al descender del Alvia que la trajo de Madrid y buscar un taxi en los exteriores de Vialia para llevarla a la Avenida de Alemania, donde estaba el que sería su hogar durante los próximos meses, Patricia, no pudo contener la emoción. Salamanca era, desde siempre, la meta de todos sus caminos.
Esa misma tarde, dejándose llevar de una aplicación en su móvil, acudió a conocer el entorno monumental e impregnarse de los aires de esta ciudad en la que clava parte de sus raíces. Con andares parsimoniosos y disfrutando cada rincón ya cerca de la puesta del sol, entre la magia de las dos luces, alcanza la Plaza Mayor a través del arco del Corrillo. Entonces, nada más pisar el empedrado de granito cerró los ojos y en su pensamiento volvía a ver a su bisabuelo paseando por allí, ataviado con esa capa charra con la que pidió ser amortajado (jamás regresó del exilio) y camino de la facultad en el mismo escenario del que tanto la habló. Y hasta sentía otra vez sus palabras, cuando le hablaba tanto de esa Salamanca de la que tuvo que huir para librarse de una muerte a la que fue condenado por quienes se alzaron al poder por la fuerza de las armas.

El milagro de Tentenecio

 Durante el paseo desde las Catedrales al encuentro del Puente Romano para disfrutar del espectáculo de las aguas del Tormes en su paso por la ciudad, Salamanca enseña algunas de las mejores joyas de su tesoro monumental en Tentenecio, antigua calle de Santa Catalina hasta que el milagro producido en ella cambió para siempre su sino. Esa vieja rúa levantada en cuesta y que durante siglos fue la principal entrada a la ciudad en el acceso del sur, ahora es imán turístico, con su belleza plasmada en miles de fotografías por los turistas que se inmortalizan en un marco único.

Tentenecio es monumentalidad y sobriedad es uno de los rincones con mayor encanto del casco antiguo, el que dejó rubricado el milagro de San Juan de Sahagún y ya para siempre forma parte de la misma esencia salmanticense. Cuentan que aquel sacerdote agustino que acabaría alcanzado la santidad se encontraba un día meditando en esa calle y, envuelto en sus silencios, le llamó la atención una algarabía de gentes que corrían asustadas. Apresurado intentó conocer el motivo de aquel pánico desatado hasta descubrir que se trataba de un toro escapado de la manada.

Tras provocar el susto en el gentío y en el momento que la res estaba a punto de embestir a una madre que llevaba a su hijo en brazos, Juan de Sahagún, el futuro santo, con la mano derecha mantenida en señal de paz lo distrae, para caminar despaciosamente al toro y poner su mano en la misma testuz al tiempo que decía ’tente necio’, provocando su sometimiento ante la sorpresa de unas gentes que gritan: ¡Milagro, milagro! A causa de ello la calle cambiaría su nombre –antes se llamaba de Santa Catalina-, para denominarse Tentenecio en la posteridad, en recuerdo de las palabras del santo que obraron el milagro. Hoy, casi seis siglos más tarde, ese lugar enseña alguna de las mejores joyas del tesoro monumental de Salamanca.

SAN ADRIÁN, UNA IGLESIA DESCONOCIDA

Fernando nació en Salamanca y hoy es un jubilado feliz. Comenzó trabajando a los 14 años como recadero y después de toda una vida como dependiente en varios comercios emblemáticos de la ciudad, entre ellos Mantequerías Paco o Almacenes Madruga, hace cinco años se jubiló anticipadamente y ahora se dedica a sus dos pasiones, la pesca y el fútbol. Nada más jubilarse se apuntó a un curso ofertado por el Ayuntamiento de Salamanca en la Asociación de Mayores de su barrio para aprender a manejar el mundo de internet y ahora pasa un par de horas al día leyendo los diarios digitales deportivos y cuanta información encuentra sobre el desaparecido equipo de sus amores, la Unión Deportiva Salamanca.
Fernando hoy vuelve de su cita con el dentista y, aunque en Salamanca todas las distancias son cortas, decide coger la línea 4 del autobús que le llevará a su casa en el Paseo de San Antonio, con la excusa de ver cómo baja el Tormes por la proximidad de la temporada de pesca.
En el autobús coincide con una pareja de turistas a quienes delata una cámara colgada al cuello de él y un mapa de la ciudad que despliega ella. Hasta que pueda vislumbrar el río en una parte del trayecto, Fernando escucha la conversación de la pareja de turistas.
Ella, mientras contemplan la muralla desde el autobús, le va contando que ahora van a "el otro bando de la guerra" situando su epicentro en la Iglesia de San Adrián. A Fernando no le suena de nada la existencia de esta iglesia en la ciudad y escucha atentamente; según va explicando ella, la iglesia estaba situada en el actual Parque de Colón y apenas quedan unos presumibles cimientos y algunas tumbas bajo los jardines. Le habla de un Ecce Homo y de unos milagros que se le atribuyen en la ciudad. Por lo que Fernando pudo entender, la iglesia, de gran valor artístico, bien conservada, con 7 siglos de antigüedad y con una arcada que la conectaba al Palacio de Orellana fue demolida para ensanchar la calle San Pablo.
La pareja de turistas solicitan parada en el Hotel San Polo y Fernando, que a medida que escuchaba la historia se iba haciendo pequeñito en su asiento, sigue su trayecto ensimismado en sus pensamientos. ¡Toda la vida en Salamanca y se ha dado cuenta que desconoce sus historias y leyendas!

 

El regreso de la antigua estudiante

María ha roto con su vida en Madrid. Un desengaño amoroso ha sido el detonante para trasladarse a Salamanca aprovechando una oferta en un estudio jurídico donde ejercerá la abogacía. Aunque falta una semana para incorporarse a su nuevo trabajo, ha venido con tiempo para instalarse en una casa que ha alquilado en el Paseo de Canalejas y volver a tomar contacto con una ciudad tan familiar para ella, ya que en su Viejo Estudio cursó Derecho, hace ya ocho años.
Esta tarde ha quedado con una vieja amiga de la carrera para tomar un café en la calle La Rúa y sale paseando un par de horas antes de la cita. Al llegar a la Gran Vía, los recuerdos de su época de estudiante se agolpan en su mente. Llega hasta la plaza del Mercado Central y accede por las escaleras de ‘Ochavo’ hasta la Plaza Mayor. A cada peldaño que sube se le acelera el corazón, cuando alcanza el último y levanta la vista queda paralizada y una frase de Unamuno asalta su mente: "Decíamos ayer..."
Una lágrima rueda por las mejillas de María; tiene la sensación de encontrarse en su casa, le resulta tan familiar que es como si la hubiera paseado el día anterior, como si nunca se hubiera ido de esta ciudad que la enamoró de estudiante. Decide cruzarla en diagonal y al llegar al centro del ágora no puede evitar recordar como muchas noches de juerga estudiantil terminaban ahí, tumbándose boca arriba, para tratar de ver los cuatro lados de la Plaza a la vez y se le escapa una sonrisa victoriosa, ella sabe que sí se puede. En vez de tomar la salida del Corrillo para ir al encuentro de su amiga, decide acercarse hasta el Palacio de Monterrey y desde allí alcanzar La Rúa por la Calle de la Compañía, que siempre le pareció la más bella de la ciudad y recuerda que cuando las cosas no le iban muy bien, cruzarla en una dirección u otra siempre la reconciliaba con el mundo.

EL PALACIO DEL OBISPO

En el viaje realizado por el general Franco a Salamanca los días 8 y 9 de mayo de 1954 para recibir las medallas de oro de la Ciudad y de la Provincia, así como los doctorados Honoris Causa por la Universidad de Salamanca y por la Universidad Pontificia, cuentan que al pasar delante de las Catedrales, su esposa Carmen Franco le dijo: “Mira Paco, ¡nuestra casa!”. Y la nostalgia envolvió a la asturiana al recordar los meses que residieron en ese lugar, en los primeros meses de la Guerra Civil, tras cedérselo el obispo don Enrique Plá y Deniel, e instalando también en sus instalaciones el cuartel general del Ejército sublevado en esos compases iniciales del conflicto bélico. Años más tarde y tras un meteórico ascenso, aquel obispo catalán, don Enrique Plá y Deniel, ya con la birreta de cardenal, alcanza la cátedra de Toledo y fue Primado de España.
Desde entonces, esos hechos protagonizados en ese sobrio y monumental palacio, en el que Franco hizo construir un bunker en el jardín que permaneció hasta el siglo XXI, vienen reflejados en los libros de la historia de España. Varios meses más tarde, y aún en el escenario de 1936, una vez que Franco marcha de Salamanca, el obispo lo recupera para su utilidad de residencia y como tal se mantuvo hasta mediados de la década de los 60. Entonces, el nuevo titular de la diócesis, don Mauro Rubio Repullés decide abandonarlo para irse a residir a un piso, al preferir la modestia y evitar la ostentación del lugar, además de necesitar un alto coste en la conservación de sus instalaciones, en una decisión tachada de populista por una sector de la sociedad charra más conservadora que etiquetó a aquel prelado de rojo y antifranquista.
Actualmente, ese magno edificio alberga el Museo de Historia de Salamanca, un lugar necesario para conocer esta ciudad desde que germinó la semilla de su existencia. Y más allá quedan también esas páginas escritas en la historia de España del siglo XX y protagonizadas en su interior, del que la esposa de Franco, al verlo de nuevo, se envolvió de nostalgia para recordar a su marido “Mira Paco, ¡nuestra casa!”.

 

UNAMUNO Y EL VIEJO TREN DE PORTUGAL

De aquel primer tren decimonónico que fue cordón umbilical entre Salamanca y Portugal quedó en la memoria el recuerdo del antiguo trazado por la ciudad y la posterior herencia de la Avenida de Portugal, la calle donde se asentaban las primitivas vías, mucho antes de levantarlas para convertirse en una de las principales arterias capitalinas. En aquel tren, con la estampa literaria que guardaban sus viejos vagones de madera y la inmensa estela de humo que desprendía la locomotora, viajaba don Miguel de Unamuno en sus desplazamientos al país hermano.
Don Miguel, el eminente rector, filósofo de influencia mundial y grandioso escritor a quien sus ideas políticas apartaron de ser distinguido con el premio Nobel, llegó a ser consejero de la sociedad Ferrocarril Salamanca-Frontera Portuguesa, promotora del Tren del Duero. Fue un cargo –de los muchos que acuñó en vida- que llevó a gala, sin faltar jamás a las reuniones anuales celebradas en Oporto, donde el único pago era poder disponer del medio obsequiándole con un quilométrico. Él, tan viajero, de espíritu libre, siempre receptivo a conocer, aprovechaba esos recorridos para inspirarse con los campos, los árboles, las montañas, los ríos… que regalaba el paisaje: Otra vez en el tren; fluyen los campos, / viene tierra y se va (...) Ay, mi Castilla junto al tren que pasa / los surcos de rastrojos que desfilan (...)".
Soñaba con el tren y en él viajaba también para encontrarse con su coetáneo, el político y escritor Guerra Junqueiro, a quien visitó varias veces en su quinta de Barca D’Alba, asomada al Douro, entre bancales de vides y naranjos. Siempre en ese tren que inspiró a dos genios de las letras ibéricas y en Salamanca dejó, entre otras, la herencia de la Avenida de Portugal, donde se asentaban las primitivas vías que llevaban al país hermano.

ESCALERAS DE PINTO

Aunque Salamanca sea una ciudad de calles llanas –y eso que, al igual que Roma, esté levantada sobre siete colinas, hecho por el que los romanos la bautizaron ‘Roma la chica’-, también nos regala varias escaleras muy queridas por sus gentes y que forman parte del escaparate capitalino. Varias de esas escaleras engrandecen su legado en las páginas de los libros de Historia. La de la Universidad, en su ascenso a la sabiduría; las de la catedral, que un día subió Lord Wellington para inspeccionar los vecinos territorios en tiempos bélicos de La Francesada; las de La Clerecía, tal altas porque los Jesuitas se picaron con los Dominicos y quisieron que las suyas fueran más visibles que las de San Esteban; más recientes son las de Gran Vía -conocidas por La Riojana- y de mucha fama las tres que acceden a la Plaza Mayor.
En estas últimas quiero homenajear las de Pinto, situadas en la esquina oriental del monumental ágora para comunicar ésta con la antigua plaza de La Verdura, hoy del Mercado y los Portales de San Antonio, llamadas así gracias a la farmacia existente en el siglo XIX de la que fue titular don Ángel Villar y Pinto, una personalidad en la ciudad. Antes, los grandes personajes impregnaban su sello y hasta daban nombre al lugar donde se asentaban. Y aquel farmacéutico fue un fundamental en la sociedad salmantina en la última mitad de la centuria decimonónica, cuyo legado continúa vivo hoy. Más tarde fue vecino suyo don Eladio Amorós Francés, un comerciante madrileño emigrado a Salamanca para fundar ‘La Revoltosa’, famosa zapatería durante varias décadas y padre de dos hijos, Eladio y Pepe Amorós, que fueron toreros de postín y llevaron el nombre de su querida Salamanca el mundo.
Más allá de la farmacia de don Ángel Villar y de la zapatería de don Eladio Amorós, esas escaleras de Pinto, son también un lugar de recuerdo entrañable donde un charlatán, el señor Palao, cautivaba a las gentes con su fácil oratoria y la facilidad para engatusar con algunas de las ‘maravillas’ que guardaba en su maleta. El señor Palao, durante años, fue por sí mismo un espectáculo callejero de una ciudad donde las escaleras de Pinto son un homenaje perpetuo a aquel farmacéutico que dejó su nombre inmortalizado en ese lugar.

Colón y Salamanca

 Hoy, cuando la figura histórica de Cristóbal Colón ha vuelto a la pomada de la actualidad por quienes pretenden cambiar los pasos de la historia es buen momento para recordar su paso por Salamanca. El navegante arriba a nuestra capital en el año 1.886 para tratar de encontrar ayuda para hacer posible su anhelado viaje a Las Indias, consciente de estar ante el último filón al que aferrarse. Desahuciado su proyecto por la Corona portuguesa, llega para encontrarse con Fray Diego Daza, el dominico confesor de la reina Isabel de Católica, al que intenta convencer para encontrar financiación a su proyecto después de haber demostrado que la tierra era redonda y por tanto, era posible alcanzar las Indias por una ruta diferente. En Salamanca quedaron rubricados aquellos históricos momentos que prendieron la mecha del Descubrimiento y, hoy, para conocerlos, es imprescindible acudir al lugar de estancia del navegante, el convento de San Esteban, y en él visitar el majestuoso claustro que lleva su nombre para impregnarse de esas jornadas que, pocos años más tarde, cambian el rumbo de la humanidad.

Cerca, a escasos minutos del majestuoso convento de San Esteban, Salamanca nos regala un sobrio monumento a Cristóbal Colón, situado en la plaza que da nombre al histórico marino y en uno de los rincones más hermosos de la capital. Es obra del escultor zamorano Eduardo Barrón González e inaugurado el 9 de septiembre de 1893. Enseguida la ironía popular comenzó a chascarrillear con sarcasmo sobre su postura, al apuntar con su dedo índice a oriente y por tanto en dirección contraria al lejano lugar que pretendía llegar, de ahí que las gentes dijeran:

¿Hacia dónde apunta Colón?

A la calle de Pan y Carbón.

También, al lado de la capital, en la finca Valcuevo, a escasos diez kilómetros, aguas del Tormes abajo, se encuentra el paraje donde fue recibido por los Dominicos y para testimoniarlo, en 1886, se levantó un obelisco, que sería el primer monumento civil dedicado a Colón, una obra desconocida para la mayor parte de la población. Y es que Salamanca prendió la mecha de un hecho que acabaría cambiando la humanidad, reflejado en un legado que ahora pretenden destruir quienes quieren cambiar el sino de la historia.

Los Bandos

Sentir la Plaza de Los Bandos es volver a inspirarse en las mejores páginas de Carmen Martín Gaite. De la niña Carmiña que disfrutó de su juventud en ese hermoso rincón y empezó a amar esa monumental Salamanca. La Salamanca de su juventud magistralmente impregnada en ‘Entre Visillos’, la novela que mejor relata la sociedad charra de los 60.

Este enclave, que hunde sus raíces en los albores del siglo XII, ha sido testigo mudo de numerosos capítulos de la historia de la vieja Helmántica y remonta nombre al siglo XV. Entonces, como consecuencia de un trágico suceso entre dos adineradas familias salmantinas -dos bandos- en el que perdieron la vida los hijos de doña María de Monrroy, llamada ´La Brava’ y cuya casa fue la primera construcción civil del ágora. Dicha enemistad entre familias duró hasta que se firmó la paz con San Juan de Sahagún -patrón de la ciudad- como testigo. Antes también acogió a la iglesia de Santo Tomé y contrajo matrimonio el príncipe Felipe II con María de Portugal.

La plaza de Los Bandos es, ante los ojos no viciados del visitante, un auténtico valor turístico pudiéndose observar majestuosas construcciones como el Palacio de Garci Grande de portada renacentista, fachada plateresca y sus imponentes ventanas en el chaflán; los restos del Palacio de Solís, del que se conservan parte de la portada y el balcón del palacio; la Iglesia del Carmen, o el edificio neoplateresco antigua sede se la Seguridad Social y actualmente Centro Documental de la Memoria Histórica.

Un busto de Carmen Martín Gaite, recuerda al visitante que esta salmantina universal nació y disfrutó los primeros años de su vida en esta plaza, rodeada de la magia e historia que la envuelve para forjarse una de las mejores escritoras del siglo XX. La que inspiró sus mejores páginas en este hermoso lugar, céntrico y coqueto, convertido en el perpetuo abrazo de la niña Carmiña con su querida Salamanca.

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